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El testigo


Nota aclaratoria: Las siguientes imágenes son tomadas de la exposición fotográfica"El Testigo. Memorias del conflicto armado colombiano en el lente y la voz de Jesús Abad Colorado". Visita realizada el 12 de julio de 2019 por Fernando González Santos, en el Claustro de San Agustín, Universidad Nacional de Colombia.




EN MEDIO DEL LLANTO Y LA SELVA,  LA COMUNIDAD ‘SEMBRÓ’  [A AQUILEO].
No me dijeron “lo vamos a enterrar”, sino  “lo vamos a sembrar”, lo regresaron al lugar  donde está su ombligo, con una planta de  borojó.
Aquileo Mecheche, líder de la comunidad Embera dóbida, fue asesinado el 12 de Abril de 2019 en Riosucio, Chocó. Ya la guardia indígena – que él mmismo ayudó a crear –  con sus bastones de paz lo habían protegido de un anterior atentado. Su esposa Rubilda Rubiano pintó todo su  cuerpo de jagua para honrar su  memoria y gruadar el luto que necesitan sus espíritus.

Se puede decir que “El Testigo” es la obra con mayor dedicación y entrega que se ha realizado ante el vivir de las víctimas en medio del conflicto armado colombiano, expuesto a través de la fotografía de gran formato. La exposición organizada en los 4 salones “Tierra callada”, “No hay tinieblas que la luz no venza”, “Y aun así me levantaré” y “Pongo mis manos en las tuyas”, muestra realidades del conflicto armado del país desde varias perspectivas como el desplazamiento forzado, el uso del territorio como el escenario de la barbarie y medio para la desaparición de las víctimas, y las desgarradoras manifestaciones de la niñez en medio del conflicto.



[Y AUN ASÍ, ME LEVANTARÉ]

MAYA ANGELOU



Podrás escribirme en la historia

con tus amargas, torcidas mentiras,

podrás aventarme al fango

y aun así me levantaré.

Puedes dispararme con tus palabras,

puedes herirme con tus ojos,

puedes matarme con tu odio,

y aun así, como el aire, me levantaré.

De las barrancas de vergüenza de la historia

yo me levantaré

desde el pasado enraizado en dolor

yo me levantaré

soy un negro océano, amplio e inquieto,

manando, me extiendo, resisto sobre la marea.


Dejando atrás noches de temor, de terror

me levantaré

a un amanecer maravillosamente claro

me levantaré

brindando los obsequios legados por mis ancestros,

yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.


Me levantaré

Me levantaré

Me levantaré.




ESTAS FOTOGRAFÍAS NOS CONCIERNEN A TODOS

Mauricio Builes



Estas fotografías retratan una realidad escalofriante; son una constancia de la barbarie que hemos vivido y no podemos olvidar, para que, poniéndonos frente a la evidencia de esta tragedia nos comprometamos a que no se repita jamás.


La sucesión cotidiana del horror nos ha dejado 261.619 víctimas fatales. La mayoría -214.584- eran civiles. La barbarie registrada por el lente de Jesús es extensa: desapariciones forzadas, masacres, desplazamiento, secuestros, violencia sexual, minas antipersona. Es el retrato de un país adolorido.


80.472 personas han sido desaparecidas de manera forzada y sus familias, en medio de un atroz sufrimiento, en los buscan angustiadas. Hay datos significativos: Argentina y Chile, durante sus dictaduras, tuvieron 35,8 y 30,2 desaparecidos por cada 100 mil habitantes, respectivamente, mientras en Colombia, con regímenes democráticos, hay 93,2 desaparecidos forzados para el mismo rango.


Los desaparecidos son sobre todo líderes sindicales, estudiantes, militantes y simpatizantes de izquierda y defensores de Derechos Humanos. Ser una voz disonante ha sido un ejercicio de alto riesgo.


La degradación del conflicto armado en Colombia ofrece otra cifra que estremece: 15.738 personas, la mayoría de ellas mujeres, niñas y adolescentes, han sido víctimas de violencia sexual; y en ese universo, las indígenas y afrocolombianas han sido las más afectadas. Las cifras, sin embargo, reflejan la magnitud de esta aberración porque la estigmatización social lleva a las víctimas a no denunciar.

La violencia ha tenido un fuerte impacto en lo local y regional y muy poca resonancia nacional. A veces pareciera que esta fuera una guerra ajena y que las fotos de Jesús se hubieran tomado en otro país. Pero fueron tomadas aquí: en El Salado, en San José de Apartado, en El Placer, en Toribio, en Medellín y en tantos otras de las 4.210 masacres que borraron todo rastro de humanidad en sus autores.


¿Cómo llegamos a esto? Parece haber consenso en que el horror vivido ha tenido como trasfondo el despojo de la tierra que se ha ensañado, principalmente, con familias campesinas que tienen pequeños predios. Más del 70% de las solicitudes de protección de tierras que han llegado al Gobierno en los últimos años son de predios de minifundio y pequeña propiedad.


Colombia es un de alta concentración de la tierra y con una subutilización para fines. Hay dos cifras que ilustran esta realidad: según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, el 1,1% de los propietarios concentra el 52,2% de la tierra, y de 21,5 millones de hectáreas aptas, solo 4,1 millones son utilizadas en actividades. Ese es el nudo de la violencia.


Y, a raíz de ello, ríos humanos de desposeídos han sido lanzados a la miseria. Después de Siria, Colombia es el país con la mayor cantidad de desplazados internos. Más de siete millones de personas se han visto forzadas a desplazarse. Es como si toda la población de Costa Rica se viera forzada a salir de su país. De acuerdo al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Colombia se ha convertido en el país de origen con el mayor número de solicitantes de refugio en las Américas, con aproximadamente cuatrocientos mil personas. Las fotos de no solo muestran los territorios vacíos (municipios, veredas, barrios, resguardos casas), en ellas también se ven proyectos de vida truncados. Por otro lado, la guerra también ha significado el exterminio político; callar al diferente es parte de nuestra historia. Hemos tenido una débil democracia incapaz de reconocer, admitir y respetar a los movimientos políticos que se oponen a las propuestas instaladas en el poder.


El genocidio de la Unión Patriótica, nacida tras los acuerdos entre el Gobierno y las FARC en 1984, que dejo 4.153 víctimas, es un ejemplo claro de ello. En este conflicto el narcotráfico no solo ha proveído de recursos a los actores armados, sino que ha socavado profundamente la cultura política y social; nos degradó moralmente y convirtió buena parte de las prácticas corruptas en un asunto cotidiano.


La débil y fragmentada presencia del Estado en el territorio, mayormente limitada a la incursión militar, es otra de las causas del conflicto armado. El bienestar de que se disfruta en las ciudades contrasta drásticamente con la forma en que la guerra se ha ensañado con las zonas periféricas urbanas y en el campo, incidiendo en la indiferencia ciudadana.


También las fotografías de Jesús Abad muestran que, aunque persiste la violencia, luego del acuerdo de paz esta es considerablemente menor. En el lapso de un año la tasa de homicidios alcanzó su nivel más bajo desde 1975. De 860 acciones ofensivas de las FARC (tomas, emboscadas, etc.) y 558 combates con la Fuerza Pública en el 2002, se pasó a cero en los dos temas en 2017. De 1.863 guerrilleros, 583 civiles y 381 militares y policías muertos en medio del conflicto, pasamos a cero en el mismo año, según cifras del CERAC.


Sin embargo, el asesinato de activistas, incluidos sindicalistas, concejales, líderes indígenas y ambientalistas ha sido una constante que nos recuerda cuan difícil puede llegar a ser la implementación de los acuerdos de paz. Según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, en 2017 fueron asesinados 106 líderes sociales y en lo que va corrido del presente año por lo menos 190 corrieron la misma suerte.


El reto es enorme. No podemos volver a las cifras del horror. Los ejemplos de perdón que nos están dando las víctimas nos comprometen a dar pasos efectivos hacia la reconciliación, hasta cuando, al igual que ocurrió con la guerra, la paz se convierta en un asunto cotidiano.



Los territorios como testigos del conflicto



En el salón “Tierra callada”, las fotografías permiten comprender cómo el territorio es utilizado, explotado y asumido como un actor más dentro del conflicto, donde la víctima principal es la población campesina, indígena y afrodescendiente, que se ve profundamente afectada por la violencia del desplazamiento forzado. Es, precisamente, la tierra la que guarda y presencia la verdad de todos los acontecimientos violentos que sufren las víctimas en los recorridos por montañas y carreteras, expuestos al sol, al agua y a la muerte. De esta manera, el territorio se convierte en el testigo que más adelante revelará los silencios de la violencia, como dice Jelin (2017), “Lo que es silenciado en determinada época puede emerger con voz fuerte después”.

Una sección de este primer salón, refleja como en los bosques se esconden hornos crematorios, lugares donde se borraba todo rastro de violaciones y asesinatos. Allí los victimarios, trasfiguraban la realidad para esconder la verdad de sus actos. De esta manera los territorios que presenciaron la violencia se convirtieron en un “campo santo”.









-Horno crematorio.

Juan Frío, Villa del Rosario, Norte de Santander.

Mayo de 2011


En Villa del Rosario, Norte de Santander, encontré un arbol con una inscripción de la AUC. En sus alrededores, había ropas zapatos de campesinos a quienes los paramilitares, acusándolos de ser guerrilleros, torturaban y desmembraban. Sus cuerpos luego eran incinerados, para desaparecer cualquier evidencia, en unos hornos crematorios ubicados a pocos metros.-

-Muchas personas asesinadas en este país fueron llevadas a hornos crematorios.

No sé cuántos hornos eran los que mantenían el Bloque Catatumbo. Jorge Iván Laverde, alias El Iguano, cumplía lo que le encargaran. No solamente con asesinatos de líderes y defensores de derechos humanos, sino también con simpatizantes de izquierda.

Alba Luz Flórez, la directora del CTI de la Fiscalía, era socia de las AUC en la región.

TODAVÍA HOY ESTÁ PROFUGA.-



-Vivienda del pueblo Wayuu arrasada en Portete, Guajira. Marzo 14 de 2011.

En 2004, en Portete, los paramilitares agredieron sexualmente a varias mujeres wayuu, entre otras atrocidades.

En esta cultura las mujeres líderes que orientan y organizan y portadoras de la palabra viva de sus tradiciones y creencias, desempeñando también roles como sanadoras y piaches; dotadas de un poder sobrenatural, intermedian con los espíritus de la enfermedad y las desgracias. La violencia sobre una mujer wayuu resquebraja la base y la fuerza de su estructura social, razón por la cual fueron agredidas.

Los wayuu huyeron por el desierto y se refugiaron en Maracaibo, donde el Gobierno venezolano los acogió, pero en Colombia no pasó de ser una pequeña noticia. -


Las imágenes también llevan a comprender que la cuestión de la tierra se convierte en una responsabilidad conjunta de regular su tenencia de manera incluyente, donde se reconozca el territorio como elemento de paz y no como escenario de guerra.

Tal como lo expresa Jelin (2013), “Los silencios y borramientos públicos pueden ser producto de una voluntad o de una política de olvido y silencio. Actores involucrados elaboran estrategias con el objetivo de impedir la recuperación de los recuerdos en el futuro.”



La tierra como víctima del conflicto armado







Desde 1986 la guerrilla del ELN ha dinamitado oleoductos y todavía hoy continúa con esta acción criminal que destruye bosques y contamina ríos.-


Parte del reflejo del territorio como víctima y testigo del conflicto, se instaló la escultura “Nómadas” del artista Miler Lagos quien, junto con 400 voluntarios, realizaron 3 piezas simulando árboles con sus raíces expuestas, hechos con 40 toneladas de papel periódico reciclado, directorios y periódicos.


Esta escultura en medio de las fotografías expresa la presencialidad y tenacidad de la Naturaleza frente a las atrocidades del hombre y las marcas que deja en ella.